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Homilía para el Tedeum

Corrientes, 25 de mayo de 2020

Me es muy grato saludar al excelentísimo Sr. Gobernador de la Provincia Dr. Gustavo Adolfo Valdés y señora; al Sr. Vicegobernador Dr. Gustavo Canteros y señora; al Sr. Intendente de la Ciudad de Corrientes Dr. Eduardo Tassano y señora; al Sr. Viceintendente Dr. Emilio Lanari y señora. Todos ellos se encuentran presentes en el templo de Nuestra Señora de la Merced, para participar del solemne Tedeum en ocasión de cumplirse los 210 años de la Revolución de Mayo. En las redes sociales nos acompañan el señor presidente de la honorable Cámara de Diputados el Dr. Gerardo Cassani; el señor presidente del Superior Tribunal de Justicia el Dr. Arturo Rey Vásquez; los Señores Ministros del Poder Ejecutivo Provincial; los Señores Legisladores nacionales y provinciales; los Señores Jefes de las fuerzas armadas y de seguridad con asiento en nuestra Provincia; y toda la comunidad de la Provincia que nos acompaña, para dar gracias a Dios por el don de la Patria, y a quienes saludamos cordialmente.

El 25 de mayo de 1810, en plena crisis de identidad nacional, y luego de dar un paso decisivo hacia la independencia que se aproximaba inexorable, los patriotas decidieron dar gracias a Dios por el don de la Patria, congregándose para celebrar el acontecimiento con un solemne Tedeum. Con el mismo propósito e inmersos en un problema humanitario global, estamos nosotros hoy aquí porque queremos agradecer a Dios por la Patria y, porque transitando este momento histórico, marcado por la adversidad, sentimos que Dios no nos abandona.

La crisis, cualquiera sea, pone al descubierto fortalezas y oportunidades, debilidades y amenazas de los que la transitan. La pandemia nos introdujo en una situación inesperada y desprovistos de experiencia para enfrentarla. Sin embargo, con los recursos humanos y técnicos que teníamos a mano, fuimos respondiendo a esa amenaza con resultados comparativamente satisfactorios, lo cual no elimina automáticamente las debilidades y amenazas que se evidencian en la situación que estamos atravesando. Nuestra condición de hombres y mujeres creyentes, nos dispone interiormente para agradecer a Dios los logros alcanzados y, al mismo tiempo, nos invita a suplicar humildemente su ayuda para ser generosos y desinteresados en colaborar para salir mejores de esta realidad que nos tiene abrumados.

Este modo de acercarnos al don de la Patria, reclama una actitud humilde, porque solo la persona humilde es agradecida, respetuosa y está siempre dispuesta a colaborar en todo lo que fuera necesario para desarrollar ese don que ha recibido. Por el contrario, la actitud soberbia se adueña de las cosas y de las personas, crea divisiones, enfrentamientos, y fabrica alianzas para incrementar solo sus propios intereses. Por eso, con humildad reconocemos que la Patria es un don que hemos recibido, como tal exige la grandeza de agradecerlo como es debido, y reclama la voluntad de sumarse a la tarea de seguir construyéndola como lugar habitable y amigable, en el que todos puedan vivir dignamente.

La Palabra de Dios que hemos escuchado, la misma que formó la mente cristiana de nuestro pueblo desde sus orígenes y también la de muchos de nuestros próceres, nos ilumina hoy a nosotros para seguir construyendo nuestra Patria, ante todo en la propia familia, y luego en todas las dimensiones de la convivencia social. El fundamento sólido para esa construcción es el mandato de Jesús que hemos oído en la proclamación del Evangelio: “Ámense los unos a los otros como yo lo he amado” (Jn 15,12). Este mandato nos asegura lo esencial para sobrevivir dignamente: coloca en el centro a Dios y al prójimo, sin distinciones ni exclusiones.

Para completar el mandato del amor al prójimo, Jesús añade: “Como yo los he amado”. Él es el parámetro y la referencia para saber hasta dónde alcanza la medida de amar al prójimo. La Cruz es la señal más clara de ese extremo del amor, señal que hoy queremos agradecer porque fue plantada en los orígenes de nuestra existencia como pueblo, dándonos identidad y misión. Y para que no haya dudas, Jesús explica que: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. Esta actitud heroica, profundamente humana y cristiana, se refleja afortunadamente durante estos días en muchos servidores de nuestra comunidad que arriesgan sus vidas para salvar la de otros. Dios quiera que, cuando vayamos pasando a la nueva normalidad, esa actitud se mantenga viva y se oriente al servicio de las necesidades básicas no satisfechas que padece nuestra gente.

San Pablo, evangelizando a los habitantes de Colosas, seducidos por creencias y filosofías que prometían seguridad y bienestar solo para grupos selectos e iluminados, les anunciaba a Jesucristo, para que, amados y perdonados por él, se revistan de profunda compasión, practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia. Los exhortaba a soportarse los unos a los otros y a perdonarse mutuamente siempre que alguien tuviera motivo de queja contra otro (cf. Col 3,12-15). Hoy es imperioso que volvamos a escuchar ese mensaje, para que nuestra vida en la pandemia y tras la misma, no sea la réplica de la que fue antes: seamos más humildes, compasivos y pacientes, si queremos construir un mundo más humano y más feliz para todos.

Por lo que hemos podido observar y experimentar en este tiempo de aislamiento, se confirma una vez más que la familia es el entorno más favorable y eficaz para soportar la crisis, y, a la vez el más vulnerable a las agresiones entre los miembros que la componen, y por causa de la pobreza y el hacinamiento que la degradan. Debemos preguntarnos cuáles son aún sus fortalezas y oportunidades, para sostenerlas y desarrollarlas; y cuáles son las debilidades y amenazas para evitar que esa célula básica de la sociedad se infecte y debilite. No existen reemplazos para sustituir la reciprocidad natural entre la mujer y el varón, vínculo primario y esencial del binomio humano, llamado al amor y abierto a la vida. En ese contexto básico e insustituible, fundado en el amor como donación de sí al otro, crecen y se forman hombres y mujeres que luego serán capaces de colaborar en la construcción de un mundo solidario, inclusivo y cuidadoso del ambiente. La Patria comienza siempre en la familia.

Ante la realidad difícil que nos toca asumir, es crucial tener en claro cuál es el bien más preciado que debemos rescatar, cuidar y sostener, por sobre cualquier otro interés: el mayor tesoro que tenemos son nuestras familias, nuestro pueblo, la gente, y entre ellos los más vulnerables. Ningún desarrollo económico se justifica sino incide en plazo inmediato a favor de los más postergados de la comunidad. Eso lo aprendimos en nuestras familias, cuando el integrante más débil es a quien más se prodigan todos los demás y en su mejoría se invierten los principales recursos que posee la familia. Junto con los que tienen responsabilidades políticas, sigamos trabajando activamente en favor del bien común de los ciudadanos, proporcionando los medios e instrumentos necesarios para permitir que todos puedan tener una vida digna y favorecer, cuando las circunstancias lo permitan, la reanudación de las habituales actividades cotidianas.

Asumir el presente que nos toca vivir hoy exige de todos un costoso aprendizaje de, al menos, dos conductas principales para las que no estábamos preparados: el distanciamiento social, preventivo y obligatorio, y el uso de elementos para la protección de uno mismo y de los otros. Este modo de vincularnos no condice con los valores de nuestra cultura que busca la cercanía, es sustancialmente empática, y goza del encuentro. Y a la inversa, sufre el distanciamiento, y siente una profunda nostalgia de los suyos y de sus amigos. Sin embargo, fuimos aprendiendo que obedecer, aun contrariados en nuestros sentimientos, es también un camino de sabiduría para seguir consolidando bases sólidas para una sana y constructiva convivencia social.

Por último, recordemos que cuando celebramos las fiestas patrias lo hacemos como pueblo creyente. En las raíces de nuestra existencia como pueblo y como nación está la fe en Dios. No en un Dios sin rostro, impersonal e indefinido, sino en el Dios de Jesús, quien nos reveló que Dios es Padre, que todos los seres humanos somos sus hijos y que el más grande calificativo que podemos darnos mutuamente es el de hermano y hermana. Por eso, elevemos juntos nuestros sentimientos de gratitud a Dios, Padre de todos, que cuida con amor a sus hijos, y en quien podemos confiar y superar todos los miedos. Sigamos cuidándonos y cuidando de los otros, mientras nos encomendamos a la tierna protección de Nuestra Señora de Itatí.

 

†Andrés Stanovnik OFMCap

Arzobispo de Corrientes