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Homilía en la Vigilia de Pentecostés

Corrientes, 30 de mayo de 2020

Estamos aquí esta noche, reunidos alrededor de la Mesa del Altar, por la potencia del Espíritu Santo. Él es el amor que vence todos los límites y nos une a Jesús y a Dios Padre. Él es el que nos saca del aislamiento del pecado, por el que perdimos el contacto con Dios y con los otros, y nos reconecta profundamente con el amor que desborda del corazón del Padre, de la amistad del Hijo, y de la plenitud del Espíritu Santo. ¡Qué dicha inmensa poder sentir que estamos unidos, aunque sea a la distancia que nos impone la pandemia, y prepararnos con esta vigilia a la venida del Espíritu Santo!

Con su presencia viva en nuestros corazones y su poderosa manifestación en la comunión que sentimos entre nosotros, no le tememos a nada ni a nadie. Porque ningún mal puede hacerle daño a quien está fuertemente arraigado en el Espíritu Santo. Él nos libera de todo lo que nos encierra y ata a nuestro yo y nos abre el camino al encuentro con Dios y con los hermanos. Él es quien hace en nosotros la comunión en la Iglesia y Él es quien nos anima a salir hacia afuera a anunciar a Jesús, porque nadie puede decir Jesús es el Señor si no está impulsado por el Espíritu Santo (1Cor 12,3).

El Espíritu Santo ilumina nuestras mentes y enciende nuestros corazones para comprender la Palabra de Dios, conocer más Jesús y así poder cumplir la voluntad del Padre, porque ese fue su mayor deseo, su felicidad y su misión, como también lo deseamos intensamente para nosotros y para todo el mundo. Por eso, ahora los invito a que volvamos a recordar la Palabra que hemos proclamado, pidiendo al Espíritu Santo que nos asista con su luz para entenderla y luego nos sostenga con su poder para hacerla vida.

La impresionante profecía del profeta Joel, cuya actuación hay que ubicarla unos cuatro siglos antes de Cristo, anuncia una copiosa efusión del Espíritu sobre todos los hombres y en la que participa además toda la creación. Esa poderosa efusión del Espíritu anuncia el nacimiento de un mundo nuevo en el que se salvarán los que invoquen el nombre del Señor (cf. Jl 3,5). Esa nueva creación ya ha comenzado en Pentecostés y continúa imparable en el devenir de la historia de los hombres y del mundo, porque el mal ha perdido definitivamente su batalla gracias a la resurrección de Jesucristo de entre los muertos.

En la segunda lectura, San Pablo les escribe a los cristianos que estaban en Roma sobre el mismo tema, pero con más precisión y claridad, escuchemos: “Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no solo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo” (Rm 8,22-23). Hoy comprendemos un poco mejor la íntima conexión que existe entre los seres humanos y la creación. Estamos hechos de los elementos de la naturaleza y todo lo que hagamos para cuidarla y embellecerla, tiene consecuencias sobre nosotros; y, por el contrario, el daño que le provocamos a la creación se vuelve contra nosotros.

La vida nueva que hemos recibido en el bautismo, que es la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, porque en ella fuimos sumergidos, gime con dolores de parto esperando que se manifieste en toda su plenitud y esplendor. Esa es la esperanza a la que fuimos llamados, concluye escribiendo San Pablo en la carta que mencionamos. Y tenemos la certeza de que no seremos defraudados, porque el Padre cumplió su promesa de rescatarnos de las tinieblas del sinsentido de la vida, perdonarnos los pecados y abrazarnos con su amor y misericordia en su Hijo Jesús, dándonos un anticipo de la nueva creación, ya liberada de toda corrupción, en la bienaventurada Virgen María, tierna Madre de Dios y de los Hombres.

San Juan, en el Evangelio que hemos proclamado, nos dejó la memoria del clamor de Jesús, que hoy llega hasta cada uno de nosotros, para que le abramos las puertas de nuestra vida y dejemos que él colme los anhelos más profundos de nuestros corazones. El evangelista anota cuidadosamente que “El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, poniéndose de pie, exclamó: «El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí»”, y a continuación el evangelista apunta: “Como dice la Escritura: De su seno brotarán manantiales de agua viva” (Jn 7,37-38). Queridos hermanos y hermanas, no busquemos sentido, vida y felicidad donde no la hay, vayamos resueltos a la fuente segura de donde brota el agua viva que salta hasta la vida eterna, como le dijo Jesús a la samaritana (cf. Jn 4,13-14).

Para comprender mejor la acción que realiza el Espíritu Santo en nuestro interior, si lo deseamos y lo dejamos actuar, les comparto una bellísima reflexión de San Cirilo de Jerusalén, del siglo IV a.c. “Su actuación en el alma es suave y apacible, su experiencia es agradable y placentera y su yugo es levísimo. Su venida va precedida de los rayos brillantes de su luz y de su ciencia. Viene con la bondad de genuino protector; pues viene a salvar, a curar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar, en primer lugar, la mente del que lo recibe y, después, por las obras de éste, la mente de los demás”. Como podemos observar, el don del Espíritu Santo es para uno y para compartirlo con todos, porque Él es quien nos une y afianza los lazos de comunión, y Él nos lanza hacia afuera, hacia la misión.

No le tengamos miedo al Espíritu Santo aun cuando desestabilice nuestras falsas seguridades. Aprendamos de la Virgen a confiar en Él y a dejarlo actuar en nuestra vida diaria, en nuestros vínculos familiares y nuestras amistades; seamos dóciles cuando nos mueve interiormente a perdonar y a ser perdonados; dejemos que se manifieste a través de gestos de cercanía y solidaridad con los que sufren, están solos, o carecen de lo necesario para alimentarse, vestirse o curarse de sus enfermedades; y, si tenemos responsabilidades en la función pública, miremos el bien del otro, seamos pacientes y serviciales, y estemos siempre atentos a los más postergados. El Espíritu Santo es el que anima y conduce la historia de los hombres y de la creación a su plena consumación en Cristo, con quien peregrinamos hacia la patria del cielo, que no es otra cosa que la victoria del Amor de Dios nuestro Creador y Padre.

Nos encomendamos a la bienaventurada Virgen María, Madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo, como la llamó Francisco de Asís, y le pedimos que nos libre de las tristezas del mundo presente, nos alcance la alegría de la salud física y espiritual, y nos acompañe en el tránsito hacia los gozos celestiales. Amén.

†Andrés Stanovnik OFMCap

Arzobispo de Corrientes