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MONS. ANDRES STANOVNIK

Homilía en la Misa del I Domingo de Cuaresma

Misa televisada en el Convento de las Hermanas Dominicas, Corrientes, 12 de febrero de 2021

Hemos iniciado el santo tiempo de la Cuaresma. Con el Miércoles de Ceniza empezamos a prepararnos para la Pascua, que vamos a celebrar dentro de cuarenta días, de allí el nombre que lleva este tiempo. Pero, a propósito de la Cuaresma y la meta hacia la que ella nos encamina, podemos pensar que toda nuestra vida es una cuaresma que se dirige hacia la fiesta definitiva del encuentro con el Dios vivo: Jesucristo muerto y resucitado. Hacia Él está orientada toda la historia de la humanidad y de la creación, y hacia ese encuentro definitivo con Él también empezamos a prepararnos durante estos cuarenta días.

Cuando descubro que una meta es importante, me empeño con todas mis capacidades para conquistarla. Dedico las 24 horas del día para llegar al destino que considero valioso y para el cual estoy dispuesto a invertir lo mejor de mi vida. Aquí podemos poner ejemplos de nuestra vida cotidiana, desde los casos más simples hasta otros más ejemplificadores: los padres que hacen todo lo posible por criar a sus hijos; un joven que se sacrifica todos los días estudiando para recibirse; un servidor de la salud que arriesga su vida diariamente para acompañar y curar; en fin, podemos seguir añadiendo otras situaciones similares. Para el creyente, prepararse para el encuentro con Jesús, es una cuestión vital y constituye el centro de sus ocupaciones, porque el encuentro con Él ilumina, fortalece y da sentido a todas las demás cosas de la vida.

Preguntémonos, entonces, en qué consiste esa preparación y prestemos atención a la respuesta que Jesús mismo da a esa pregunta. Lo hemos oído en el Evangelio que acabamos de proclamar: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc 1,15). Prestemos atención a la circunstancia en la que fueron dichas esas palabras: Jesús está en el desierto, sometido a una dura prueba, sin embargo no cede a las tentaciones y proclama lo esencial para no perder la vida en banalidades. No hay tiempo que perder, la oportunidad es hoy, es tu oportunidad para aceptar la invitación que te hace Jesús: convertite y creé en la Buena Noticia. Nadie que haya aceptado la invitación de Jesús quedó defraudado, al contrario, convertirse a Él llena el alma y la vida entera de una nueva luz.

En la carta que escribió el papa Francisco con motivo de la Cuaresma, hace una profunda reflexión en la cual invita a renovar la fe, la esperanza y la caridad. La clave para esa renovación es la conversión: se trata de convertir nuestra vida a Dios y orientarla hacia el bien de los demás. Esto exige pasar por la dura prueba de romper con el “ego”, cuya perversa tendencia es fagocitarlo todo con la ilusoria pretensión de encontrar la plenitud en la satisfacción de poseerlo todo. Contra esa arcaica tentación, de la que tampoco Jesús se libró, él mismo propone el método de la oración, el ayuno y la limosna, como el mejor antídoto contra ese radical egoísmo que impide crear vínculos de amistad con Dios y entre los seres humanos. El Papa lo expresa de esta manera: “El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante”.

Ahora bien, así como “el Espíritu llevó a Jesús al desierto”, que era el lugar de la prueba y de la tentación, también nosotros podemos sentirnos llevados por el Espíritu a ese inhóspito y repulsivo lugar donde reina el COVID-19 y sus temibles variantes, que ponen a prueba nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. Miremos a Jesús, escuchemos su invitación a convertirnos, y aprendamos de Él a confiar en Dios. Él superó la prueba confiando en la Palabra de Dios. Por eso, para poder resistir en la prueba recemos más en este tiempo; tomemos en nuestras manos la Biblia, sobre todo los los textos que nos propone la liturgia para la Cuaresma, allí encontraremos la luz y la fuerza para hacer frente a la adversidad y evitar confundirnos con aquellas voces falsas que nos ofrecen el paraíso a la vuelta de la esquina.

Ayunemos de ese afán desmedido de acumular cosas y tiempos que consumimos en superficialidades que de nada sirven; hagamos lugar y démonos la oportunidad para cultivar la amistad con Dios y con los otros. Por su parte, la limosna, que es expresión de la caridad, cuya fuente es Dios mismo, no se reduce a dar de lo que me sobra, sino que significa en su acepción original compasión, piedad. En este sentido, “dar limosna” es darse, ponerse en el lugar del otro, compadecerse. De allí que Jesús es la expresión máxima de la “limosna” de Dios, de su compasión y piedad, de su darse a sí mismo por la humanidad. En tiempos como los que nos toca vivir, necesitamos experimentar que Dios es compasivo y misericordioso con nosotros, para que también nosotros lo seamos con aquellos con quienes convivimos diariamente y hacia aquellos que tenemos responsabilidades por la función que ejercemos en la comunidad.

Para concluir, y en el Año de San José, contemplemos al hombre con corazón de padre que puso en el centro de su vida a Jesús y a María, y no se dejó enredar por prejuicios y tampoco por cumplir con lo correcto, sino que arriesgó su vida y puso toda su confianza en Dios. En la dura prueba de aceptar a María y luego tener que vivir exiliado con su familia, creyó, supo esperar, y supo darse a sí mismo. Que su intercesión, unida a la de la bienaventurada Virgen María, dispongan nuestros corazones para iniciar confiados el tiempo cuaresmal, para poder celebrar plenos de gozo pascual la resurrección de Jesús, vida y esperanza nuestra.

 

Andrés Stanovnik OFMCap

Arzobispo de Corrientes

 

 

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