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2016-12-26 | 
Homilía en la Misa de Nochebuena
Iglesia Catedral, 24 de diciembre de 2016

   “Jesús entra en nuestra casa para quedarse”, es el título del Mensaje de Navidad que compartimos los obispos para estas fiestas. Y a continuación añadíamos: “dejémonos conmover por este Dios manso”. Si nos acercamos al pesebre y observamos el cuadro que allí se nos presenta, vemos que el Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, revela su omnipotencia en la sublime humildad y sencillez de una criatura, colocada en los brazos de su madre y confiada a la custodia de su esposo. La escena que contemplamos es un oasis de paz, de confianza y de serena alegría. La fortaleza de esos vínculos no se funda en la fuerza y la dominación, sino en el amor y la confianza, como lo acabamos de escuchar: “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,11).

Pero no basta con escuchar, el hombre necesita ver y tocar. Por eso el mensaje que recibieron los pastores en aquella noche cerrada de invierno, continuaba así: “Y eso les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12). Estos hombres rudos, dado el oficio que desempeñaban, escucharon el mensaje y se pusieron en camino. Era obvio que se movilizaran, ellos querían ver y comprobar la veracidad de ese mensaje. Efectivamente, encontraron a una mujer, a quien le llegó la hora para dar a luz una criatura en condiciones muy precarias. A la vista, no aparecía nada de extraordinario, sin embargo, ellos vieron en ese alumbramiento algo más.

Suele suceder que, ante el mismo acontecimiento, tengamos miradas diferentes. Uno observa y ve cosas que el otro no ve, y el otro detecta aspectos de esa mima realidad, que a uno se le pasaron por alto. Esto ocurre también con las cosas más profundas de la vida, como son las que tienen que ver con la fe. Por eso, ver en profundidad no es solo mirar, sino abrir el corazón para que sea iluminado por la gracia de Dios. Esa apertura es la que permite tener ojos limpios para ver y comprender el misterio de Dios, que se hace pequeño y se confía enteramente en las manos de los hombres. Se necesita mucho amor y mucha confianza para acometer una empresa de ese tamaño. Sin embargo, a la luz de la fe, contemplamos el pesebre y vemos representada allí una verdad que nos deja sin palabras: Dios, todopoderoso y eterno, se dejó envolver en pañales, para compartir nuestra miseria con infinita ternura y misericordia hasta las últimas consecuencias.

Esa realidad, escondida a los ojos de los poderosos de este mundo, nos revela el camino que Dios eligió para encontrarse con nosotros: el poder de la humildad, la supremacía del servicio y la soberanía de la sencillez. El imperio de esta pedagogía de Dios, trae consigo la alegría y la paz. Esas son las dos notas distintivas que encontramos tanto en los testigos del nacimiento de Jesús, como en aquellas discípulas y discípulos, que lo vieron resucitado, comieron con él y recibieron luego el mandato de anunciarlo hasta el fin de los tiempos.

Para ver a Dios, para comprender su modo de revelarse a los hombres, es necesario tener ojos limpios y corazón puro. Hay demasiadas “cataratas” que nos nublan la vista y nos hacen ver realidades ilusorias como si fuesen verdaderas. La mirada se vuelve sucia, cuando dejamos que la mente y el corazón se atiborren de intereses egoístas, de malas intenciones, de rencores y envidias, de hipocresías y ambiciones desmedidas. ¡Cuánta sabiduría contiene la súplica que dirigimos a María de Itatí, pidiéndole que nos conceda “un corazón puro, humilde y prudente”! Jesús, en ese catálogo del buen vivir que son las bienaventuranzas, entiende que “son felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios” (Mt 5,8).

No es la intimidación, ni la violencia, ni la guerra, lo que traerá algún beneficio a la humanidad. Debemos convencernos que, para construir una convivencia pacífica y digna entre las personas y los pueblos, es necesario tener un corazón puro, humilde y prudente. En ello se encuentra la verdadera sabiduría para una buena convivencia en la pareja, en la familia y en la sociedad, para promover una cultura en la que definitivamente se priorice el bien del otro, especialmente de aquel que la está pasando mal.

Al dirigir nuestra mirada al Niño Dios, envuelto en pañales y despojado de toda grandiosidad y dominación, pidámosle que nos dé ojos para ver y corazón para comprender la sabiduría de Dios; limpie la suciedad egoísta que hay en nuestro interior, nos ayude a abrir las manos para estrecharlas con la persona que tenemos a nuestro lado, y nos disponga el corazón para el perdón y a la reconciliación. Que la alegría del encuentro nos impulse a compartir generosamente con los pobres y los que sufren, nuestro tiempo y nuestros bienes.

Cuidémonos de que los placeres ilusorios y efímeros, a los que nos tienta el desenfrenado consumismo en estos días, nos oscurezcan la cristiana celebración del Nacimiento del Hijo de Dios. Él es la luz verdadera a la que ninguna noche, por más oscura que se presente, podrá apagar jamás. En esa luz nos descubrimos hermanos de todos; por la potencia de esa luz es posible confiar y amar aún al que nos hace daño, sin sucumbir a la venganza. Junto a María y José, mezclémonos humildemente entre los pastores, y dejémonos conmover por este Dios manso, que entra en nuestra casa para quedarse.
 
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes


NOTA: A la derecha de la página, en "Otros archivos", el texto completo como HOMILIA NOCHEBUENA 2016, en formato de word.


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