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2017-03-14 | 
Homilía en la Misa de inicio del Año pastoral en la Arquidiócesis
Itatí, 5 de marzo de 2017
  Se ha convertido en una hermosa tradición venir a los pies de nuestra Madre para encomendarle a ella el inicio del Año pastoral en nuestra Arquidiócesis. Esa es la motivación principal que nos reúne esta mañana, primer Domingo de Cuaresma, alrededor de la Mesa del Altar. Queremos que sea Ella la que nos cuide, acompañe e inspire con su ejemplo y su intercesión, en el camino pastoral de este año. Entonces, preguntémonos delante de su venerada y bella imagen, qué iluminación nos entrega ella, para que nuestro camino pastoral vaya en la dirección correcta.

En primer lugar, al contemplarla, vemos que todo en ella está orientado hacia Dios. Ella aparece toda de Dios y toda nuestra. El hecho de ser entera para Dios no la aleja de nosotros, al contrario, la hace definitivamente cercana a todos. Por lo tanto, lo que más desea ella es que también en nosotros todo este orientado hacia Dios y nada hacia nosotros mismos. Por eso le suplicamos que nos conceda un gran amor a su Divino Hijo Jesús. Ese amor que le pedimos es mucho más que un sentimiento ocasional o una súplica en medio de otras muchas. Al iniciar nuestro Año pastoral, volvemos a pedir ese don que no se compara con ningún otro, y, además, quisiéramos que se convierta en una súplica ininterrumpida a lo largo de todo el año. En ese espíritu se formuló el lema que inspira esta jornada de inicio del Año pastoral: “Con María de Itatí junto a la Cruz de los Milagros, seamos misericordiosos”.

Ese reencuentro amoroso con Jesús es el que nos ha pedido el papa Francisco en la carta programática de su pontificado, donde decía: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso” (EG, 3). Eso es precisamente lo que nosotros expresamos sencillamente cuando le pedimos a María que nos conceda, ante todo, un gran amor a su Divino Hijo Jesús. Eso es lo que le pedimos por sobre todas las demás intenciones. Por eso, nos hará mucho bien si todos nuestros encuentros, reuniones y toda la actividad pastoral, la iniciamos con la “Oración ante la Cruz de los Milagros” y las concluyamos con la oración “Tiernísima Madre de Dios y de los hombres”. Qué lindo sería que la proclamación diaria de estas dos oraciones, en el contexto vivido del Año de la Misericordia, nos lleve a ser misericordiosos, como una forma habitual de vivir nuestra vida cristiana.

Los invito ahora a prestar atención a la persona de Jesús. En el Evangelio de hoy se nos presenta como un verdadero amigo y maestro con el relato de las tentaciones, al inicio del período cuaresmal. Jesús nos enseña el arte de combatir y vencer las tentaciones del maligno, aquellas en las se enredaron Adán y Eva, como lo escuchamos en ese bello y profundo relato del Génesis. Es propio de toda tentación presentarse con una apariencia que fascina y cautiva. Alucinados y deslumbrados, nos dejamos llevar por las propuestas que nos promete el seductor, porque creemos que nos vamos a sentir mejor. Al sucumbir a la tentación y caer reiteradamente en ella, terminamos mal y con muchas dificultades superarla.

Todos estamos expuestos a la tentación. Como Jesús, también nosotros nos encontramos en los desiertos, en los que nos coloca la vida, donde nos sentimos débiles, confundidos y solos, sin saber qué hacer. Allí la tentación se presenta sigilosa y con una falsa luz nos ofrece una salida rápida, como le sucedió a Jesús. Veamos cómo reaccionó Él cuando fue tentado por el demonio: a cada tentación respondió con la Palabra de Dios. Por ejemplo, en la primera tentación “se le acercó el tentador y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan». ¿Cuál fue la respuesta de Jesús? “Jesús le respondió: «Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,3-4). El mensaje es contundente: el poder de la Palabra de Dios es más fuerte que el poder de la tentadora y engañosa palabra del demonio. Jesús nos invita a seguirlo, adherirnos a Él, y colocar toda la confianza en Dios Padre.

Cuidado con el dinero fácil y el apego desordenado a las riquezas, que nos crea la ilusión de que sin trabajar se la puede pasar mejor que trabajando; o que acumulando muchos bienes tendremos la vida asegurada; o que el sexo sin responsabilidad y sin amor nos permite gozar sin límites; o el juego de azar, que nos crea expectativas falsas sobre una felicidad que se puede alcanzar sin hacer esfuerzos. Son todas tentaciones mentirosas, que terminan destruyendo vidas jóvenes, destrozando familias y atemorizando pueblos, como sucede hoy a lo largo y ancho de nuestra patria.

¡Cuánta verdad hay en las palabras que dijimos los obispos en el contundente mensaje sobre el narcotráfico! Diez años atrás, advertíamos que “el narco-negocio se instaló en nuestro país, prospera exitosamente, destruye familias y mata”; y unos años más tarde constatábamos que “por todo el país a nivel capilar las comunidades dan cuenta de que el tendal de enfermos que produce la droga es cada vez mayor”. Un dramático testimonio de esta plaga lo puede dar Itatí, el pueblo de la Virgen, al que acompañamos para que sea reconocido por los más de 400 años de fidelidad al Evangelio y a María de Itatí que, por los desgraciados acontecimientos de este último tiempo, como se ha dicho en un reciente comunicado.

Es tan oportuna hoy la palabra del papa Francisco en el mensaje del Año de la Misericordia –dirigida a los que se han involucrado directa o indirectamente, en organizaciones criminales– donde les dice: “¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Delante a tantos crímenes cometidos, escuchen el llanto de todas las personas depredadas por ustedes de la vida, de la familia, de los afectos y de la dignidad. Seguir como están es sólo fuente de arrogancia, de ilusión y de tristeza. La verdadera vida es algo bien distinto de lo que ahora piensan (…) Basta solamente que acojan la llamada a la conversión y se sometan a la justicia mientras la Iglesia les ofrece misericordia”.

Cuaresma es un tiempo para volver a Dios, para convertir nuestra vida de la mala conducta que nos lleva a creer más en los paraísos artificiales, que en la paciente y solidaria tarea de darnos la mano y caminar juntos, cuidando con un amor preferencial a los más débiles y a los pobres. En las oraciones ante la Cruz y a la Virgen, a las que hicimos referencia, decimos que nos consagramos a Jesús ante la Santísima Cruz de los Milagros, lo que equivale a decir, que nos adherimos totalmente a Él, como lo hizo María Santísima, que confiamos en el poder de su Palabra, pero necesitamos que la Virgen interceda ante su Hijo para que aumente nuestra fe en Él y nos convierta en verdaderos discípulos y misioneros suyos.

Que María, bajo la advocación de Nuestra Señora de Itatí, son su mirada dulce y tierna nos proteja de las tentaciones, nos enseñe a confiar plenamente en su Hijo Jesús, y nos ayude en nuestra vida cotidiana a ser alegres y valientes misioneros de la misericordia.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap
Arzobispo de Corrientes


NOTA: A la derecha de la página, en "Otros archivos", el texto como HOMILIA AÑO PASTORAL 2017 en formato de word.

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