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2017-11-21 | 
Homilía de la Misa en la Primera Jornada Mundial de los Pobres
Corrientes, 19 de noviembre de 2017

  Hoy la Iglesia inaugura la primera Jornada Mundial de los Pobres, que se añade a las demás Jornadas mundiales, como la de la Paz, de las Misiones, de las Comunicaciones Sociales, etc. El papa Francisco ha querido que esta nueva Jornada mundial “aporte un elemento delicadamente evangélico y que completa a todas en su conjunto, es decir, la predilección de Jesús por los pobres” (Mensaje, 6).

Como respuesta a la invitación que nos hizo el Santo Padre para realizar esta Jornada, los obispos argentinos, en un mensaje decíamos que “alentamos y animamos a las comunidades, a las personas consagradas, a las asociaciones, a los movimientos y al amplio mundo del voluntariado, a disponer lo necesario para que esta Jornada se desarrolle como fiesta de la misericordia junto a los más pobres y a los que sufren” (1).

Nosotros mismos, luego de escucharnos en el Consejo arquidiocesano de Pastoral sobre la mejor forma de vivir esta Jornada, y como extensión del Año de la Misericordia, hemos acordado en insistir para que en todas las comunidades parroquiales se tenga una forma organizada de caridad para con los más pobres, preferencialmente a través de Caritas. Este es un compromiso que hemos asumido como comunidad diocesana al concluir el Año de la Misericordia. Al mismo tiempo, sugeríamos que en torno a esta Jornada se realicen gestos, como nos lo pide el Papa en su Mensaje, de cercanía en el propio vecindario donde haya pobres que solicitan protección y ayuda: “será el momento propicio para encontrar el Dios que buscamos, sentémoslos a nuestra mesa como invitados de honor; podrán ser maestros que nos ayuden a vivir la fe de manera más coherente” (7).

La pobreza, leemos en el Mensaje del Papa, “nos desafía todos los días con sus muchas caras de dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migración forzada. La pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero. Qué lista inacabable y cruel nos resulta cuando consideramos la pobreza como fruto de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la indiferencia generalizada” (5).

Muchas de esas caras pueden ser identificadas en nuestra comunidad arquidiocesana y, en general, en la sociedad correntina. Aun con los grandes esfuerzos que realizan los diversos organismos diocesanos, de otras confesiones religiosas, de entidades no gubernamentales y también de los organismos del estado, para socorrer las necesidades de los más desprotegidos y de brindar oportunidades para su promoción humana, las llagas de nuestra sociedad están a la vista de todos, para lo cual deberíamos hacer mucho más de lo que estamos haciendo. Sin embargo, quiero destacar el servicio que realiza Caritas diocesana junto con la Caritas parroquiales en muchas comunidades de nuestra arquidiócesis. Una palabra de elogio y de aliento van a aquellas parroquias que, motivadas por el compromiso del Año de la Misericordia, se animaron a organizar la caridad en sus comunidades. En medios de estos y tantos otros gestos caritativos que se realizan calladamente, deseo mencionar especialmente el servicio generoso y constante que realizan los jóvenes del “Buen Samaritano”, acercando un plato de comida a las personas que viven en la calle y, sobre todo, por el trato cercano y afectuoso que establecen con ellos. Digno de un especial reconocimiento va a las personas que atienden hace muchos años a los más desprotegidos e ignorados por la sociedad en el hogar “Ñandejara opé” (Mi Cristo Roto); y más recientemente en el refugio que se encuentra en la parroquia Nuestra Señora de Itatí, de nuestra Ciudad.

La palabra de Dios que hemos proclamado hoy, nos interpela a tomar conciencia de los talentos que hemos recibido y de la necesidad de hacerlos rendir al máximo. Podríamos decir, siguiendo el espíritu del Evangelio, que el gran talento que debe cultivar todo bautizado es la capacidad de vivir su vida al servicio de Dios y de los otros, respondiendo de esa manera al mandamiento principal: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”. La exhortación a permanecer despiertos y ser sobrios, que escuchamos en la lectura de San Pablo a los cristianos de Tesalónica, consiste precisamente en estar atentos a las necesidades de los pobres, estar dispuestos a encontrarnos y compartir con ellos, para que ese modo de ser se convierta en el estilo de vida que distingue a los que nos llamamos cristianos (cf. Mensaje, 3).

Ser cristiano es seguir a Jesús, respondiendo a su llamado de amor. La lógica del amor de Jesús es darlo todo, todo lo que he recibido: es decir, la vida. Los caminos por los que Él nos llama son muy variados, pero para todos vale la dinámica del grano de trigo: dar la vida hasta entregarla toda. En este marco, quisiera destacar a las personas que descubren en su vida el llamado de Jesús a una consagración total y para ello emiten un compromiso público en la comunidad para vivir esa vocación. Este es el motivo por el que hoy nos acompañan dos matrimonios del Instituto de Familias del Movimiento de Schöenstatt: el matrimonio López Manzur, de nuestra comunidad, y el matrimonio Kolobs de la diócesis de San Martín, provincia de Buenos Aires, junto el sacerdote asesor del Movimiento, el P. Alejandro. Recientemente, en Asunción, 5 matrimonios, entre ellos los López Manzur, realizaron el contrato perpetuo en el Instituto mencionado. Ese compromiso público consiste en que el matrimonio se consagra a la tarea de configurarse a partir de la fe en la presencia de Cristo entre ellos, viviendo en obediencia, pobreza y castidad matrimonial; para pertenecer a Dios por entero, en medio del mundo y en la vida cotidiana como matrimonio y familia. Ese es el camino de felicidad que recorrió María, por eso, en Alianza con ella, los matrimonios del Instituto se entregan de lleno en ese camino. Les damos la más cálida bienvenida y rezamos por ellos y por los jóvenes, para que se animen a vivir la belleza y la pureza del amor cristiano.

Y todos nosotros, nos encomendamos a María Santísima, para que ella nos proteja de la indiferencia y el egoísmo, y nos haga más sensibles y cercanos a todos, especialmente a los que más necesitan de gestos concretos y solidarios, que les manifiesten en palabras y en obras que Dios los cuida y los ama inmensamente.


Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes


NOTA: a la derecha de la página en "Otros archivos", el texto como HOMILIA JORNADA DE LOS POBRES en formato de word.


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