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2018-07-10 | 
Homilía para el Tedéum
Corrientes, 9 de julio de 2018

  Todos los años, con motivo de la conmemoración del Día de la Independencia, nos congregamos en el templo para dar gracias a Dios por el don de la Patria libre e independiente. Así lo hicieron también los “hombres de mayo” y luego los congresales reunidos en Tucumán. La mayoría de ellos eran católicos y entre ellos había un buen número de clérigos, es decir, gente ilustrada para aquellos tiempos. Sin embargo, no toda la ilustración de la época estaba de acuerdo con declarar la independencia. Con todo, prevaleció el sector que la promovió y, finalmente, logró declararla. Con lo cual, nuestro incipiente sentido de patria y reconocimiento de ser un pueblo libre, dio un paso muy importante, pero lejos aún de ser un paso definitivo. No dejarnos colonizar para poder crecer como un pueblo libre, con capacidad de autodeterminación y soberano, es aún una ardua tarea.

Reconocer y agradecer nuestras raíces
Sin embargo, tenemos mucho para agradecer. Agradecer en primer lugar a Dios, y luego, también a aquellos hombres y mujeres que percibieron los primeros signos de madurez ciudadana en nuestro pueblo, que manifestaba señales suficientes para asumir los destinos de la nueva nación. La matriz cultural cristiana, que es anterior a la independencia y más antigua que la revolución francesa, está entretejida con los valores de la verdad, la libertad, la justicia y el amor, pilares de la enseñanza social de la Iglesia. Sobre estos valores cristianos se funda la dignidad trascendente de la persona humana, cuya referencia fundamental es la persona viva de Jesucristo, quien nos reveló que Dios Creador es Padre, y que todo ser humano es criatura suya, creado a su imagen y semejanza, con pleno derecho a la vida y a la felicidad. ¡Cómo no dar gracias a Dios por el don de la patria y la nación, donde esa vida es concebida, nace, crece y alcanza su plenitud!

La civilización cristiana nos ha dado identidad y pertenencia, valores y misión. Corrientes nace católica, es decir, con profundas raíces cristianas, como naturalmente, también la Argentina. Si descuidáramos o, peor aún, si negligentemente dejáramos que se diluyeran los fundamentos que sostienen ese proyecto humanizador y cristiano, me pregunto ¿a cuáles dioses estaríamos dispuestos a entregar la verdad de nuestras vidas? ¿A qué dictados extraños a nuestra idiosincrasia someteríamos nuestra conciencia y nuestra libertad? ¿A qué poderes tenebrosos estaríamos delegando la decisión de quiénes tienen derecho a vivir y quiénes no? ¿A quiénes estaríamos entregando el presente y el futuro de nuestras generaciones? Si no nos hacemos cargo nosotros, mediante nuestra propia determinación, inspirados en los valores que sostienen nuestra convivencia social y política, serán los poderes ajenos a nuestro modo de ser y de sentir los que gobernarán nuestras vidas. No nos dejemos despojar del fervor por el ideal de ser un pueblo libre y soberano; un pueblo con una renovada y firme capacidad de autodeterminación; un pueblo respetuoso de la valiosa herencia que hemos recibido y a la vez creativo en trabajar por los derechos humanos, especialmente de los más débiles y postergados.

Sabiduría para ser nosotros mismos
Dios nos ha dado el don de la fe para conocerlo y amarlo, y la inteligencia para gobernarnos de acuerdo con los valores que miran al bien y a la felicidad de todos. Muchas veces hemos fallado, abusando del poder para satisfacer intereses solo de una parte, lo que siempre resultó en perjuicio de los más pobres. Pero eso no es culpa del Dios cristiano, sino de quienes no estuvimos a la altura de sus humanizadoras exigencias. Es más sabio reconocer errores y procurar corregirlos, en lugar de descalificarnos y vender patria y pueblo a programas, cuyos intereses poco tienen que ver con el respeto y el interés por el bien y el futuro de nuestra gente. Es necesario distinguir y no separar fe y razón; cuando se reconoce la autonomía de esos campos, entonces también se logra integrarlos, a fin de que, complementándose, sirvan para el bien y el progreso de todos. La confrontación beligerante y descalificadora del otro, no sirve para nada, lo único que hace es paralizar el desarrollo de un pueblo. La libertad se alcanza sumando, integrando y proyectando, entonces la inteligencia humana, iluminada por la fe, sin oposición, ni confusión, se convierte en una verdadera potencia para el desarrollo de todos.

También en el siglo en el que fue amaneciendo nuestra amada nación había hombres y mujeres creyentes que no adherían al grito de libertad, ni apoyaban el movimiento independentista, pero eso no descalifica a la religión, sino que revela una realidad que acompaña la condición humana en su compleja, limitada y, con frecuencia, mezquina comprensión de los momentos históricos que le toca vivir. Tampoco es culpa de Dios el hecho de que el hombre se comporte como un irracional y que, además, el que se considera creyente, actúe de manera contradictoria. El mayor peligro por el que atraviesa el ser humano, sea creyente o agnóstico, es la fragmentación de sí mismo que luego proyecta a los vínculos interpersonales y a la convivencia social. Cuando el ser humano, independientemente de su credo político o religioso, está dividido en sí mismo, se torna violento y hostil. Necesitamos estar muy atentos a no dejarnos engañar por las mentes fanáticas, sea que provengan de los ambientes políticos, culturales o religiosos. A esas personas o grupos se los reconoce por su carga de hostilidad, agresión y descalificación hacia todo aquel que no coincide con ellos. Este modo de ser no corresponde a la condición humana, y menos aún a quien opta por un estilo cristiano de vida.

Atentos para no dejarnos engañar

El recurso más eficiente para colonizar la mente de una persona o de un pueblo es mentirle haciéndole creer que la mentira es verdad. El autor del libro del Génesis representa esa calamidad que enturbia la condición humana, en la figura de la serpiente. En las interminables discusiones sobre el aborto fuimos testigos de la mayor mentira que jamás podríamos imaginarnos: que es bueno, saludable y verdadero matar a una criatura en el vientre de su madre. Nunca se nos habría ocurrido legalizar ese acto, si no hubiéramos olvidado lo que hacían nuestras familias frente a un embarazo no deseado: lo primero era estar cerca y acompañar a la niña o adolescente madre, y luego la abuela, una tía o un pariente se hacía cargo de la criatura. En esos casos difíciles siempre se buscaba salvar las dos vidas. ¿Quién nos exige ahora declarar la pena de muerte sobre un inocente? ¿De dónde nos viene esta confusión? ¿Cuál es el fin que se persigue con esta contradicción humana, cristiana y jurídica?

Al inicio, el libro del Génesis (3, 1-13), nos relata la ilusión en la que se dejó atrapar la primera pareja humana, con la pretensión de apoderarse de todo, y así evadirse de la tarea perseverante y sacrificada de madurar la unidad entre ellos, y de cuidar y embellecer pacientemente el lugar en el que los colocó el Creador. ¿Acaso no sucede hoy lo mismo? ¿Cuántas separaciones y divisiones se producen porque, confundidos y cada uno con “su versión”, acusa al otro y lo condena? El enfrentamiento y la violencia crónicos que padecemos los argentinos ¿no responde, acaso, a una comprensión confusa y permanentemente antagónica que tenemos de nosotros mismos y de nuestra historia? En el enfermo corazón argentino no termina de germinar un deseo sincero y profundo de encontrarnos y construir entre todos un destino común, en el que “la defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, sea clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte”, como lo dijo con toda claridad el papa Francisco (Gaudete et exultate, 101).

Creer, cuidar y compartir

Reflexionemos y saquemos conclusiones prácticas de la palabra que escuchamos en la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios (8,14): a ellos los reconoce como gente generosa y los alienta a que permanezcan en la sabiduría de compartir sus bienes, para que “la abundancia de ustedes supla la necesidad de ellos, para que un día, la abundancia de ellos supla la necesidad de ustedes. Así habrá igualdad”. Y en el Evangelio que proclamamos hoy, Jesús le advierte al hombre rico que acumula por acumular: “«Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?» Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios» (Lc 12,20-21).

Para finalizar, con el corazón agradecido a Dios por habernos dado la gracia de ser una nación libre e independiente, recordamos las palabras que concluyen el preámbulo de nuestra Constitución Provincial: “sancionamos y ordenamos, bajo la protección de Dios, esta Constitución”. Que su protección nos siga acompañando e iluminando para ser una nación también soberana. A Él, que es Padre y Creador, misericordioso hasta el extremo, como lo reveló Jesús con su vida y su palabra, encomendamos a todo nuestro pueblo, especialmente a los pobres y a los que más sufren. A nuestra Madre, María de Itatí, le pedimos que ilumine y sostenga a nuestros gobernantes en la difícil tarea de conducir, construyendo consenso mediante el diálogo con todos los sectores; y a todos nosotros nos dé un corazón sabio y humilde para no desanimarnos jamás en comprometer nuestra vida con la verdad, la libertad, la justicia y el amor, que son las bases sólidas para defender y cuidar la vida naciente, construir la estabilidad de la familia y procurar el bienestar de nuestro pueblo.

†Andrés Stanovnik OFMCap
Arzobispo de Corrientes


NOTA: A la derecha de la página, e "Otros archivos", el texto como HOMILIA TE DEUM 09-07 2018, en formato de word.

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