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2018-09-27 | 
Homilía en la Misa de la festividad de Nuestra Señora de La Merced
Corrientes, 24 de septiembre de 2018
 
  En la época de luchas por la independencia, el general Manuel Belgrano le escribió una carta al general San Martín, de la que deseo leerles el siguiente fragmento: “Santiago del Estero, 6 de abril de 1814. Mi estimado amigo: hablo a Ud. como tal, y según mis deseos de su acierto… Añadiré únicamente que conserve la bandera que le dejé; que la enarbole cuando todo el ejército se forme, que no deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre Nuestra Generala y no olvide los escapularios a la tropa. Deje Ud. que se rían; los efectos le resarcirán a Ud. de la risa de los mentecatos que ven las cosas por encima. Se lo dice a Ud. su verdadero y fiel amigo” (Firmado, Manuel Belgrano).

Quisiera destacar de esa carta dos cosas. La primera, el testimonio público de fe cristiana y católica de ambos próceres, hombres claves de la gesta independentista de nuestra Patria. En ambos, esa fe era vivida con una profunda devoción a la Virgen María en la advocación de Nuestra Señora de las Mercedes, devoción que se empeñaban en transmitir a su tropa. La bandera, símbolo de identidad de un pueblo libre y soberano, era sostenida, valorada y defendida, por hombres de fe, aún antes de que se declarase la independencia. Es innegable la matriz cristiana que dio origen e impulsó el desarrollo de nuestro pueblo, para que la Patria madurara progresivamente en una Nación libre y soberana.

La segunda cuestión que deseo destacar de la carta de Belgrano, es la observación que hace a los que se reían con motivo de la conducta devocional del general, que consistió en nombrar “Nuestra Generala” a la Santísima Virgen María y distribuir escapularios de la advocación a la que hoy rendimos nuestro homenaje. Belgrano califica de mentecatos a los que se burlaban y señalaba que esos tales “ven las cosas por encima”. Ver las cosas “por encima”, quiere decir que se las mira superficialmente, sin profundidad y, además, con la soberbia convicción de que lo ve todo y lo sabe todo. El que mira así, ignora, desconoce y no ve sino lo exterior y, en lugar de preguntar e interesarse en saber, la ignorancia lo precipita a la soberbia y ésta lo conduce a la necedad. El que se burla del otro y busca descalificarlo, revela su propia ignorancia.

Hoy somos nosotros los que tenemos y la misión de cuidar y desarrollar el patrimonio cultural que hemos recibido, con los ojos bien abiertos y el oído bien atento para no dejarnos embaucar por una humillante campaña que tiene como objetivo someter a nuestro pueblo a los dictados de poderes foráneos. Estos poderes, para alcanzar sus fines pretenden convencernos de que debemos deconstruir todo lo que hemos recibido y lo que somos hasta el presente, y construir a partir de lo que ellos nos indiquen como bueno y saludable para todos. Entre los bienes que deberíamos renunciar es el derecho a la vida y, como consecuencia, también a la libertad de elegir. La fe, contrariamente a lo que algunos piensan, otorga una mayor libertad a la persona, le abre más la mente y le ensancha el corazón para crear vínculos abiertos y constructivos con todos.

El que “ve las cosas por encima” se anula a sí mismo para el diálogo con los otros, salvo que humildemente reconozca su error en la apreciación de las cosas. En otras palabras, el que ve las cosas por encima, se incapacita para encontrarse con el otro y se cierra para no ver la verdad. La superficialidad de su mirada, lo lleva a fabricarse una imagen desfigurada de su interlocutor, con la que jamás podrá establecer un encuentro personal. Aislado y combatiendo fantasmas, reacciona agresivamente tratando de demoler esa imagen infructuosamente. Lo que le sucede es trágico: atrapado en un círculo de soledad, ahogado por las fantasías que combate, no alcanza ser agradecido, no siente gratitud porque no puede reconocer ni acoger el don del otro. El que “ve las cosas por encima” está muy solo y necesita de mucha paciencia y ayuda.

Para comprender la tragedia del egoísmo y de sus múltiples derivaciones en la vida del individuo y de la sociedad, nos viene muy bien ese espléndido título “de la Merced”, que la devoción ha aplicado a la Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia. Merced, significa gracia, don, beneficio, obsequio; y también, clemencia, compasión, piedad, bondad. Ella es consciente de haber sido destinataria de la “merced” de Dios y por ello, se nos brinda como el ejemplo más luminoso de mujer agradecida. El “Magníficat” es la expresión máxima de su gratitud a Dios: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora” (Lc 1,46). Ella, experimentándose profundamente amada de Dios, responde agradecida con todo su ser.

Es bellísimo el texto de libro de Judit que hemos escuchado hoy. Ella es la mujer que personifica el alma de su nación. Fiel a Dios y a su pueblo, ella expone su vida para salvar a sus compatriotas que luchaban para conservar su independencia ante el avance de un poderoso colonizador. Así se convirtió en figura de María de Nazaret, vencedora de la maldad que contaminó el corazón y la mente de Adán y Eva. Solo alguien capaz de arriesgar su vida puede dar vida a otros. Y la arriesga solamente aquel que confía y se siente amado. Viene así a nuestro encuentro la escena dramática y sublime a la vez que hemos escuchado en el Evangelio: “Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre…” (Jn 19,25). No estamos ante un escenario de la derrota, sino de la victoria. Vence la potencia del amor sobre el odio y la muerte. Vence la justicia y el perdón sobre la venganza y el desprecio. Vence la libertad de elegir siempre la vida del otro aun cuando la propia deba ofrecerse como precio. Y jamás sacrificar la vida del otro para conservar la propia. Esa es la lógica del amor de Jesús que asegura la victoria de la vida y del amor para todos. Esa es la “merced” que acogió María en su seno y acompañó con su vida hasta el final. Por eso reina victoriosa.

“Con María acudamos alegres al llamado a la santidad”. Deje Ud. que se rían cuando hablamos de santidad. Nosotros pedimos la gracia de “no ver las cosas por encima”, sino de aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas; mirar y actuar con misericordia; mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor; sembrar paz a nuestro alrededor, ser pobre de corazón para compartir con los que menos tienen y nada valen para los demás; reaccionar con humilde mansedumbre; saber llorar con los demás; buscar la justicia con hambre y sed; esto es santidad nos recuerda el papa Francisco.

No dejemos que nos arrebaten la fe, la caridad y la esperanza cristianas, que recibimos como la más preciosa herencia, sobre cuyas bases se fueron forjando los valores de nuestra cultura. Si empezamos siendo un pueblo libre y soberano de la mano de Nuestra Señora de la Merced y con la fe de nuestros próceres, no terminemos entregándonos como mercancía al colonialismo individualista. Cuidemos el corazón y la mente de nuestros niños y jóvenes; atendamos con amor y paciencia a nuestros enfermos y ancianos; y de un modo muy especial, seamos extremamente solidarios con las familias y personas vulnerables a causa de la difícil situación económica por la que estamos atravesando. Que Nuestra Señora de la Merced nos proteja a todos: pueblo y gobernantes.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap
Arzobispo de Corrientes

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