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2018-12-26 | 
Homilía en la Ordenación Sacerdotal del diácono Héctor Horacio Amarilla
Parroquia San José de Bella Vista, 21 de diciembre de 2018

  Nos hemos reunido esta tarde alrededor del Altar del Señor, respondiendo a su invitación, para celebrar la Eucaristía y, en este contexto, administrar el sacramento del Orden Sagrado al diácono Héctor Horacio Amarilla, y conferir el ministerio del Lectorado a dos seminaristas que están en el camino al sacerdocio: Oscar Alfredo Luna y Horacio Abel Villasanti. La vocación no es algo que uno se da a sí mismo, es algo que se recibe, como la invitación a participar en esta Eucaristía, o como la vida, que nadie se la da a sí mismo, ni nadie empezó a existir por propia decisión.

La vocación es un llamado, es la experiencia de alguien que te llama. Entonces, ni la vida que he recibido, ni la vocación que se me ha propuesto, son una propiedad de la que puedo disponer a mi gusto. La experiencia humana más honda es la de descubrirse recibido y llamado. Entonces la vida se convierte en un hermoso y arduo camino de búsqueda, de discernimiento y de respuesta. Hoy es muy importante recordar que no somos patrones de la propia vida, menos aún de la vida de los otros. Vamos descubriendo quiénes somos y cuál es nuestro lugar y misión en la familia y en la comunidad, en la medida en que respondemos a la presencia de otros que nos interpelan: estamos como “atados” unos a otros y nuestra vida depende de cómo vamos madurando los vínculos entre nosotros y con los demás. También Dios se sujetó a nosotros asumiendo nuestra condición humana, hasta atarse definitivamente con Jesús a nuestra historia.

Nadie ata su vida a otro para siempre sino lo quiere. Solo el que ama de veras, lo arriesga todo y para siempre. Es muy hermoso y consolador saber que Dios se “achicó” a tal punto de quedarse definitivamente entre nosotros. Por eso, no debería llamar la atención que Dios se continuara manifestando por caminos tan accesibles y humanos para elegir a los ministros que acompañaran, enseñaran y guiaran a su pueblo. Aquí todos conocen a Héctor: aquí están su papá Héctor y su mamá Lucía; sus hermanos: Andrea, Emilio, Luis y Francisco y dos sobrinos, uno de ellos, su ahijado de Bautismo. A Héctor fue a quien el Señor Jesús llamó para atarlo a él y para devolverlo como instrumento suyo a la comunidad.

Nos llena de alegría este momento y seguramente para muchos de ustedes, que lo conocieron de chico, conocen a sus padres, a sus parientes y amigos, será un motivo de sano orgullo. Toda la Iglesia participa del gozo de tener un nuevo sacerdote dispuesto a entregarse a su comunidad, renovando aquella esperanza que hacía gritar de júbilo al profeta al ver que se cumplía la promesa de Dios con el regreso de su pueblo a su tierra, después de un largo y penoso exilio: “¡Griten de alegría, cielos, regocíjate, tierra! ¡Montañas, prorrumpan en gritos de alegría, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de sus pobres!” (Is 49,13). Y añadía luego esa conmovedora comparación: “¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!” (Is 49,15).

También Jesús se conmueve profundamente a contemplar las maravillas que realiza su Padre en la historia de los hombres. Así lo escuchamos en el Evangelio de hoy: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mt 11, 25-26). ¿Cuáles son esas maravillas que Dios realiza entre los hombres? Consuela a su pueblo y se compadece de sus pobres, tal como lo escuchamos del profeta Isaías; y Jesús alaba al padre por haber revelado grandes cosas a los pequeños. ¿Quiénes son esos pequeños para Jesús? Son los que no tienen poder, no cuentan y son despreciados por los poderosos. Por eso, enseguida los invita a ser parte de sus amigos: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana» (Mt 11,28-30). Como podemos ver, tanto en las palabras del profeta Isaías, como en las de Jesús, no cabe ningún proyecto que implique dominar sobre los demás. Por el contrario, la lógica de Jesús es totalmente otra: sobresale y es exitoso el que se coloca en el último lugar para servir a todos.

El lema que eligió Héctor para iluminar su ministerio sacerdotal tiene ese sabor de humildad y de paciencia de las que habló Jesús a los afligidos y agobiados, y luego experimentó San Pablo en su propia vida: “Me gloriaré de todo corazón en mi debilidad para que resida en mí el poder de Cristo” (2Co 12,9). Tenemos que trabajar mucho sobre nosotros mismos para reflejar en nuestra vida y ministerio el poder de Cristo. Necesitamos desprendernos de la idea de poder y de prestigio que tan fácilmente se adhiere a quien está llamado a prestar un servicio a la comunidad. El papa Francisco nos advierte a menudo sobre el peligro de adueñarnos del ministerio y convertirlo en una mera función, en la que desaparece el rostro del otro y entremedio se instala el propio yo con sus exigencias. Junto con San Pablo, también nosotros perseveremos en la oración pidiendo al Señor la gracia de que nos libre de esa tentación, y haga que nos fiemos totalmente de él, para que se manifieste su poder en nuestra debilidad.

El ministerio sacerdotal se ejerce “atándose” a Jesús, el Buen Pastor, y a nadie más, ni a personas ni a cosas. Solo esa atadura, por así decir, es la que libera el corazón del sacerdote para que pueda entregar toda su vida a Dios y a los hermanos. Cuando uno corta el seductor lazo que lo mantiene atado a sí mismo y a sus interminables demandas, y se coloca al margen de todos para servir donde la necesidad pastoral lo reclama, entonces brota espontáneamente de su corazón, esa alabanza que desbordó de júbilo a Jesús: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños”. En cambio, el ministro que negocia su bienestar se ata a sí mismo privándose de la promesa de Jesús. Eso es trágico para él porque en lugar de servir comunidad, se convierte en un obstáculo para su crecimiento. Para que el sacerdote no caiga en esa tentación, es imprescindible la oración diaria, personal y prolongada; y, además, recurrir con frecuencia a la orientación espiritual y al sacramento de la Reconciliación.

Este servicio al Pueblo de Dios nos queda grande si miramos nuestras pobrezas y limitaciones. Así lo sintió también el Santo Cura Brochero cuando estaba a punto de ser ordenado sacerdote: “Sentí mucho miedo. Apenas soy un pobre pecador, tan lleno de límites y miserias. Y me preguntaba: ‘¿Podré ser fiel a la vocación? ¿En qué enredo me metí?’ Pero en seguida una sensación inmensa de paz invadió todo mi ser. Porque si el Señor me había llamado, Él sería fiel y sostendría mi fidelidad; además, Jesús, el Buen Pastor, jamás niega sus dones a quienes lo siguen y son ‘otros Jesús’ como su Hijo muy amado”, concluía diciendo ese santo cura.

Querido Héctor, Oscar y Horacio: es muy bella la vocación al sacerdocio. Y como toda misión, también esta necesita ser sostenida y acompañada por la comunidad. Por eso, les pido a todos ustedes que nos acompañan hoy: recen por las vocaciones sacerdotales y de especial consagración, por los sacerdotes y por el obispo. Necesitamos de la oración de ustedes como la planta necesita del agua y del sol. Encomendemos a San José, patrono de esta comunidad parroquial, y fiel custodio de Jesús y de la Virgen, al diácono Héctor, para que se “ate” fuerte al Buen Pastor, y no tema darse por entero a sus hermanos, especialmente a los más débiles y alejados.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap
Arzobispo de Corrientes


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