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2019-03-13 | 
Homilía para el Miércoles de Ceniza
Iglesia Catedral, 6 de marzo de 2019
La primera señal que nos ofrece la Cuaresma es la ceniza. De allí que el comienzo de este tiempo lo inaugura el miércoles llamado “miércoles de ceniza”, con un período de cuarenta días que median hasta la Pascua de Resurrección. La ceniza nos recuerda la caducidad de nuestra vida y lo perecedero que es todo, por un lado; y por otro, representa nuestra condición de pecadores necesitados de purificación. En este camino nos impulsa la esperanza de que Dios es “clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad”, como lo acabamos de escuchar en la primera lectura.

No desaprovechemos la oportunidad que se nos brinda para entrar en nosotros mismos y tomar conciencia de que la vida es pasajera. No dejemos para más adelante la respuesta al llamado insistente y entrañable que nos hace hoy el profeta Joel: “Vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos. Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios, porque él es bondadoso y compasivo”. La Cuaresma es una ocasión favorable para mirarnos “hacia adentro” y pedir la gracia de que el Señor tenga piedad de mí, lave mi pecado y me devuelva la alegría de su salvación.

Este año he propuesto a todos los sacerdotes que tomen como reflexión para esta Cuaresma el Mensaje del papa Francisco, una reflexión breve, clara y esencial. Y al mismo tiempo, responder a la convocatoria que hizo el Papa a toda la Iglesia a un Mes Misionero Extraordinario, con el lema “Bautizados y enviados”. De este modo, quisiéramos empezar nuestra Cuaresma mirándonos hacia adentro, como decíamos hace un momento, pero con la intención de renovar en nosotros el envío misionero de la Pascua y reorientar nuestra mirada “hacia afuera”, hacia la misión. Es así como este tiempo nos invita a pensar en nuestra vocación de bautizados y enviados, es decir, de discípulos misioneros de Jesucristo.

No tengamos miedo de Dios. Si nos exige salir del pantano de nuestros pecados por el camino áspero de la penitencia, es para nuestro bien y felicidad, como el remedio que es amargo pero sus efectos son benéficos. Eso afecta positivamente también a los otros, y además a la creación misma. Y, contrariamente, cuando el hombre permanece en una vida disoluta por el pecado lo daña todo: interrumpe la filiación con su Creador, la comunión con los otros, y devasta la creación. Por eso, es importante comprender que la conversión cristiana no es una propuesta exclusivamente para mejorar nuestra vida interior, sino que ese progreso en la vida espiritual, cuando es auténtico, repercute en todas las dimensiones de la existencia: espiritual y corporal, privada y pública.

El ayuno, la oración y la limosna de las que habla Jesús a sus discípulos –y hoy se dirige a nosotros dispuestos a “volver a Dios de todo corazón”– es una dieta espiritual que él recibió de la tradición de su pueblo, y la propone asegurándonos resultados excelentes. Para comprender el significado de esa “rutina cuaresmal”, escuchemos cómo la explica el Santo Padre en su mensaje. “Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm8,21). La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna”.

Y a continuación, describe el ayuno como la disposición de “aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón. Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia. Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad”.

Queridos hermanos y hermanas: entremos decididamente a este tiempo de gracia que nos ofrece la Iglesia para liberarnos de los apegos desordenados, purificarnos mediante el ayuno, la oración y la limosna, y dejarnos reconciliar por Dios, como nos ha exhortado San Pablo en la segunda lectura. Dispongámonos ahora a recibir la ceniza bendecida sobre nuestra frente, mientras escuchamos la invitación del ministro que nos impone ese signo de penitencia: “Conviértete y cree en el Evangelio”.

†Andrés Stanovnik OFMCap
Arzobispo de Corrientes


NOTA: A la derecha de la página en "Otros archivos", el texto como HOMILIA MIERCOLES DE CENIZAS 2019 en formato de word.


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