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2019-04-26 | 
Homilía en la Misa Crismal
Corrientes, 17 de abril de 2019

   Impresiona lo que acabamos de escuchar al final del texto del Evangelio: “Jesús cerró el libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Esta frase resuena a lo largo de los siglos y llega a nuestros oídos, para que también nosotros, como los oyentes de aquella sinagoga de Nazaret, dirijamos nuestra mirada hacia él. Al contemplarlo, vemos que la promesa fue cumplida: bautizados en su muerte y resurrección fuimos regenerados para la misión. ¡Qué dicha inmensa nos ha tocado cuando nos hicieron cristianos! ¡Qué responsabilidad inmerecida nos ha sido dada cuando nos llamaron a colaborar en la tarea de extender el reino de Dios! ¡Somos con Jesús, el ungido del Padre, para la misión!

“Bautizados y enviados” es el binomio que forma parte del lema del Año Misionero Extraordinario al que convocó el Santo Padre a toda la Iglesia. El texto completo dice así: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en Misión en el Mundo”. Nos hemos tomado la libertad de adecuar ese lema a la historia salvífica de nuestra región y, más específicamente, a nuestra comunidad diocesana, y lo expresamos en este tono familiar: “Junto a la Cruz y la Virgen, bautizados y enviados”. En este renovado espíritu misionero queremos vivir el año que nos queda por delante. En este espíritu, los invito a pensarnos como bautizados y enviados, para revivir la alegría de nuestro bautismo y para renovar nuestro fervor misionero. Para ello, tomemos tres signos que nos ofrece la Misa Crismal que estamos celebrando: la comunión, la unción y la misión.

En primer lugar, la comunión. Si miramos la hermosa composición de nuestra asamblea, enseguida notamos que estamos aquí todo el presbiterio con su obispo y con los diáconos; pero no estamos nosotros solos, nos acompañan un numeroso y alegre grupo de fieles laicos que han venido con sus párrocos; muchos entre ellos son adolescentes y jóvenes integrados a los grupos juveniles y movimientos de distintas espiritualidades; también están aquí con nosotros las personas consagradas, que nos enriquecen con sus diversos carismas y compromisos apostólicos; los seminaristas y monaguillos, en fin, aquí, alrededor del altar, está representada toda la Iglesia arquidiocesana, peregrina y misionera. Esta comunión eclesial que estamos viviendo es fruto de esa gracia que nos bañó con la Vida nueva del bautismo. Gracia que nos puso en el camino junto a la Cruz y la Virgen, y que, en virtud de esos signos salvadores, hizo posible que permanezcamos en la fe, nos reunamos para celebrarla, nos ocupemos para que nuestros niños sean bautizados e instruidos en esta misma fe, y acompañamos a nuestras comunidades ayudándoles a crecer en comunión y misión con el auxilio de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía.

En segundo lugar, la unción. En esta misa consagramos el santo crisma, de allí el nombre de Misa Crismal, y bendecimos el óleo de los enfermos y los catecúmenos. Entre estos signos quisiera destacar el santo crisma, con el que se unge a los recién bautizados, se marca la frente de los que se confirman, se ungen las manos de los sacerdotes y la cabeza del obispo. ¿Para qué se unge a los bautizados, a los confirmados, a los sacerdotes y al obispo? Si nos fijamos bien, se los unge para unirlos a Cristo y en su nombre enviarlos a la misión. Así lo recordamos cuando se bautiza a una criatura y se la incorpora al Pueblo de Dios, para que permaneciendo unida a Cristo sacerdote, profeta y rey, viva eternamente. Es decir, se unge a la criatura para capacitarla y fortalecerla en su vida cristiana, y para que cuando llegue su tiempo dé el testimonio valiente de su fe cristiana. Del mismo modo, al que va a ser ordenado presbítero, el obispo le unge las manos para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio. Y por su parte, al obispo se lo unge en la cabeza para que sea fecundo su ministerio. Como vemos, el ungido es para ser enviado. Si ahora retomamos el nombre de esta misa, descubrimos que la Misa Crismal nos reúne en torno a un signo de fuerte significado misionero: nos recuerda que todos fuimos ungidos y esa unción tiene un derivado inmediato a la misión. La pregunta que nos cabe hacer a los que participamos en esta celebración es a qué misión estoy siendo llamado aquí y ahora.

El ejemplo más cercano y luminoso de hombres ungidos para la misión lo tenemos en los mártires riojanos que sellaron con su vida la unción que recibieron en el bautismo. La unción nos une íntimamente a Jesús para dar testimonio con nuestra vida de su muerte y resurrección. Estos mártires, el obispo Angelelli; el Pbro. Longueville, que fue miembro de nuestro presbiterio por algún tiempo a partir del año 1969; el Padre Fray Carlos Murias, franciscano; y el catequista Wenseslao, casado con tres hijos, serán beatificados el próximo 27 de abril en la provincia de La Rioja. Nos encomendamos a ellos para que su valiente testimonio de vida nos sostenga y aliente en la misión a la que cada uno de nosotros fuimos llamados.

Vayamos ahora al tercer signo de esta celebración: la misión. La Misa Crismal concluye con la entrega del santo crisma y de los óleos para los enfermos y los catecúmenos a los sacerdotes para que puedan ejercer su ministerio. Es decir, para ofrecer a la comunidad que les ha sido confiada el servicio sacramental. Pero a diferencia de un negocio al que concurren los que precisan de los servicios que allí se brindan, la comunidad cristiana no se queda esperando a los que se acercan a pedir, por ejemplo, el bautismo, o la unción de los enfermos, sino que sale a buscar y a ofrecer. Esas son las señales de una comunidad misionera. Cuando un ministro se siente inquieto y, movido por el ardor evangélico, sale a la calle y habla con los vecinos para conocer cuáles son sus necesidades, entonces sí abre las puertas de su comunidad para que otros se incorporen a ella y puedan experimentar la alegría del Evangelio, la esperanza que brota de la Cruz de Jesús, y la maternal y tierna compañía de la Virgen.

El Domingo de Ramos hemos repartido un folleto para ayudarnos a responder al Mes Misionero Extraordinario. Se trata de un subsidio sencillo, claro y muy práctico para animarnos a pensar juntos nuestro compromiso misionero. Es un instrumento que sirve tanto para la reflexión individual, como grupal; para los consejos pastorales y de asuntos económicos; para los grupos de preparación al bautismo, a la confirmación y al matrimonio; para la Junta de Catequesis y para todos los catequistas; para los movimientos, instituciones y grupos; en fin, para que todos los bautizados nos ayudemos a redescubrir y renovar el ardor de la misión, poniendo el acento en la vida cotidiana de la familia, del barrio, de la comunidad, movimiento, institución o grupo al que pertenecesmos; en el empleo, en la función pública o en la empresa; para ver allí cuál es el paso misionero concreto que me pide dar el Señor hoy.

Repaso con ustedes las tres preguntas que nos proponemos para revisar y orientar mejor nuestra condición de bautizados y enviados a la misión: 1. ¿Cuáles son las fortalezas y debilidades que tenemos como misioneros? 2. ¿Cuáles son las “periferias” concretas que reclaman la presencia misionera de mi comunidad, movimiento, institución o grupo? 3. ¿Qué deberíamos hacer para vivir con más audacia y fervor el compromiso misionero en lo personal y comunitario? ¡Que nadie se sienta excluido de esta convocatoria misionera! Incluyamos a los niños, adolescentes y, sobre todo a los jóvenes: démosles un lugar activo en la oración, reflexión y acción misionera; invitemos a los ancianos y a los enfermos a unirse a esta renovación espiritual con su oración y el ofrecimiento de sus límites y sufrimientos.

Concluyamos haciendo una agradecida y feliz memoria: somos hijos de aquella misión que se inició hace más de cuatro siglos junto a la Cruz de los Milagros y la Virgen de Itatí. El mejor modo de mantener viva esa memoria, es preocuparnos por una fe dinámica y testimonial, una fe que nos incluya y comprometa cada vez más con la comunidad cristiana, movimiento, institución o grupo al que habitualmente frecuentamos. Por eso, “Junto a la Cruz y la Virgen; bautizados y enviados”, renovemos alegres nuestra fe y las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación sacerdotal, mientras nos encomendamos confiados a la oración de toda la comunidad cristiana.

†Andrés Stanovnik OFMCap

Arzobispo de Corrientes



NOTA: A la derecha de la página, en "Otros Archivos" el texto como HOMILIA MISA CRISMAL 2019, en formato de word.



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