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Homilía de la Misa en honor a Nuestra Señora del Rosario

Corrientes, Iglesia Catedral, 7 de octubre de 2012

Estamos celebrando la fiesta patronal en honor de Nuestra Señora del Rosario, con el doble título de Patrona de esta Iglesia Catedral y fundadora de la Ciudad de Corrientes. Aquellos primeros españoles que bajaron de Asunción con el Adelantado Juan Torres de Vera y Aragón y desembarcaron a orillas del Río Paraná, el 3 de abril de 1588, y luego todas las generaciones de correntinos la veneraron y se pusieron bajo su protección. Esos primeros pobladores sabían que la fe en la Cruz del Milagro –plantada el mismo día de la fundación de la Ciudad– y la devoción a la Madre de Jesús les abrían la puerta de la fe.
Celebrar es agradecer. A eso venimos: a agradecer a Dios porque nos ama, a recordar que Jesús está siempre con nosotros. En nuestra vida guardamos en la memoria personas, acontecimientos y objetos, para recordarlos y celebrar. La fiesta es siempre una celebración de agradecimiento. Reconocemos agradecidos que la vida, la familia, los hijos, el trabajo, la casa, todo es don de Dios. La verdadera fiesta, a diferencia de la mera diversión, tiene sus propios códigos: se pronuncian las mismas palabras, se repiten los mismos gestos y se frecuentan los mismos lugares. Y nada de eso cansa. El amor auténtico no se cansa de repetir. En cambio, cuando desaparece ese amor, en su lugar aparece el vacío y el aburrimiento. La puerta para rencontrar el verdadero sentido de la fiesta, es la memoria agradecida que nos da la fe en la Cruz de Jesús, en su Madre, la Virgen María, y en la Iglesia, que es la familia en la que recibimos la fe, la aprendemos, celebramos y vivimos.
La familia de Nazaret, José María y el Niño, iban todos los años en peregrinación a Jerusalén (Cf. San Lucas 2,41) y también todos los sábados a la sinagoga. Esa frecuencia no lo cansaba, al contrario, la práctica habitual de esos encuentros los acercaba más a Dios y estrechaba el amor entre ellos. Sentían la mirada atenta y amorosa de Dios sobre sus vidas; lo sentían caminando con ellos, sosteniéndolos y animándolos en medio de las dificultades. La experiencia de las manos bondadosas de Dios que los protegían, se fue grabando profundamente en su corazón. Por eso, el Niño con José y María, “iba creciendo y se fortalecía en su espíritu” (San Lucas 1,80), es decir, crecía “contenido” por el amor de Dios que se reflejaba en sus padres. Esa memoria se va renovando y fortaleciendo en la oración diaria y continua, en la liturgia, en la meditación de la Palabra y especialmente en la participación de la misa dominical y cuando recurrimos al sacramento de la Reconciliación.

Por eso hoy nosotros, pasados más de cuatro siglos, agradecidos y fieles a la fe que heredamos de nuestros mayores, nos preparamos para celebrar el Año de la fe iluminados con el lema: La Cruz y la Virgen, puerta de la fe, que traducido al dulce idioma guaraní sería: Curuzú Tupasy, jerobiá roqué. En este tiempo de incertidumbres y de pérdida de valores, es muy importante rescatar la fe en Jesucristo y la devoción a su Madre la Virgen María, presentes en el acto fundacional de nuestra ciudad mediante el signo la Cruz del Milagro y en la imagen de Nuestra Señora del Rosario.
El Año de la fe, que inaugurará el Santo Padre Benedicto XVI el próximo 11 de octubre, nos invita renovar la alegría y el entusiasmo del encuentro con Cristo. Queremos adherirnos filialmente a este providencial llamado que nos hace el Santo Padre. Quisiéramos hacerlo como cristianos correntinos, marcando nuestra frente con la señal de la cruz y dirigiendo una mirada llena de amor hacia la Virgen. Gracias a los primeros evangelizadores que trajeron la fe católica a estas tierras y luego a nuestros abuelos y abuelas, padres, catequistas y sacerdotes, aprendimos a rezar y por medio de la oración nos enseñaron a amar a la Virgen de Itatí y a la Cruz de los Milagros. En nuestra memoria conservamos oraciones breves, como por ejemplo: “Gracias Virgencita”; “No me dejes, Madre mía”; “Jesús en vos confío”, “Por tu santa Cruz, Señor, líbranos de todo mal”, etc. Aún son muchos los que saben de memoria la hermosa oración Tiernísima Madre y, por supuesto, también las oraciones básicas del cristiano: el Credo, el Padrenuestro, el Ave María, y otras. Saberlas ‘de memoria’ significa que son parte de la propia vida.
La fe marca profundamente a la persona a tal punto que el creyente puede decir: “soy cristiano”. La fe impregna el ser mismo de la persona: su cuerpo y su espíritu, es decir, la persona entera. De tal modo que si digo ‘soy cristiano’, luego pienso como cristiano, siento como cristiano y actúo como cristiano, siempre y en todas partes. La fe no es una cuestión meramente privada. Es cierto que la fe es una cuestión íntima y personal; pero es a la vez pública y comunitaria, porque abre al encuentro con los otros y modela conductas de ciudadanía. La fe que actúa por el amor (Carta a los Gálatas 5,6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (Porta fidei, n. 6; (cf. Rm 12,2; Col 3,9-10; Ef 4,20-29; 2 Co 5,17).
Por la luz natural de la razón, el hombre llega a comprender que la vida humana es un don, porque nadie se da la vida a sí mismo. Por esa capacidad natural de la razón, los hombres de ciencia llegan a la conclusión que la vida humana comienza desde el mismo instante de la concepción. Por su parte, la fe ilumina aún más los datos que proporciona la ciencia, y nos revela que la vida la da Dios. Por lo tanto, el derecho a la vida es un derecho fundamental de la persona, un derecho que no puede ser anulado por ninguna ley.
Hemos afirmado repetidas veces: cuando una mujer está embarazada, no hablamos de una vida sino de dos, la de la madre y la de su hijo o hija en gestación. Ambas deben ser preservadas y respetadas. Y eso es perfectamente posible, tanto desde el punto de vista médico, cuanto de la generosidad de mucha gente. En una carta fechada el pasado 1 de octubre, el presidente de una importante organización no gubernamental (Carta del Presidente de CIDEPROF (Centro de Investigaciones de la problemática familiar), 1 de octubre de 2012), dirigió una carta al Jefe de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y le hizo el siguiente ofrecimiento: “ofrecemos a ese gobierno y a todas las mujeres afectadas, a sus familias y a su entorno social, hacernos cargo de esos niños desde su nacimiento y, si fuere necesario, hacernos cargo de las madres, desde el momento en que ellas tomen conciencia de su embarazo y hasta el momento que sea necesario”. Ante una propuesta así ¿cómo se puede continuar promoviendo el derecho a matar seres humanos y, además, presentarlo como un trofeo en el espacio público? Somos una Provincia que se ha declarado a favor de la vida, declaración que nos compromete a ser consecuentes y a trabajar seriamente para respetarla, cuidarla y promoverla en todas las etapas de su desarrollo.
Con motivo del Año de la fe, retomemos con nuevo ardor nuestra vocación misionera. La alegría y la esperanza que nos vienen de la fe en Jesús, en la Virgen y en la Iglesia, son para llevarlas a todos los hombres y compartirlas especialmente con los más alejados, porque toda persona, lo sepa o no, está esperando las palabras de vida eterna que Jesús tiene para ellos (Cf. Instrumentum laboris del Sínodo de los Obispos sobre “La transmisión de la fe y nueva evangelización”, n. 167). Este año debe ser ocasión también para pensar en la vida de fe de nuestros niños y jóvenes, y preguntarnos si les estamos comunicando una fe viva, alegre y comprometida; y si esa fe la profesamos, celebramos y vivimos junto con ellos. Estos interrogantes interpelan la práctica de nuestra vida cristiana y la coherencia entre lo que predicamos y vivimos. Por ello, agradecidos por el don de la vida y de la fe que recibimos de Dios, nos encomendamos a Nuestra Señora del Rosario, Madre y protectora de nuestro pueblo. Amén.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes

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